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Si tuviese que quedarme con un único lugar en el que pasar el resto de mis días (que, por cierto, espero que sean muchos), sin duda elegiría la pequeña aldea en la que nació mi abuelo. Apenas cuenta con una decena de casas, está metida entre montañas y son varios los kilómetros que la separan de la carretera nacional. Esto, unido a la mala cobertura que sigue habiendo en casi cualquier punto del pueblo, fomenta que los días que uno pasa en él sean de completa desconexión. Allí tenemos una casa modesta pero sumamente acogedora, en la que he pasado los mejores veranos de mi vida, aquellos en los que era tan pequeño que no me importaba estar casi dos meses sin aparato electrónico alguno. Cuento lo anterior porque hace no mucho mi padre me planteó la posibilidad de tener que renunciar a ella en un futuro; al fin y al cabo, la propiedad no me pertenecerá solo a mí. La simple tesitura de desprenderme de ese caserón de piedra para siempre me hizo sentir verdaderamente triste, tanto que me vi forzado a frenar el debate en seco. Al fin y al cabo, los argumentos de mi padre eran más que razonables y yo solo tenía uno y más bien endeble: era la casa en la que se crio mi abuelo y, sencillamente, no podía concebir mi futuro sin ella.

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