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Hay una pregunta que cuando la hago en mi círculo cercano provoca bastante incomodidad. La suelo lanzar cuando no me gusta el rumbo que está tomando una conversación sobre temas políticos o sociales, ya que sé que con esta se va a producir, como poco, un giro interesante. Soy consciente de su fuerza porque a mí mismo me atormenta muchas veces, ya sea porque me la hayan hecho o porque me viene a la cabeza mientras expongo mis quizá no tan firmes principios. La pregunta es sencilla y exige una respuesta breve y directa, pero no todo el mundo es capaz de contestarla. No, al menos, sin agachar la cabeza o sin tener que obsequiarse con unos incómodos segundos de margen para pensar la manera más favorable de darle respuesta. La pregunta es la siguiente: ¿hace cuánto que no vas a una manifestación?

Quizá no sea tu caso y tú seas el ejemplo de persona comprometida, luchadora y convencida de que hay que seguir ocupando las calles periódicamente para demostrar tu descontento por todo aquello que lo merece. Al fin y al cabo, cada vez quedan menos motivos por los que no protestar, aunque nos intenten convencer de lo contrario. Si es así y para ti esa pregunta tiene un “unas semanas” por respuesta, lo primero que quiero hacer es felicitarte; lo segundo, es pedir que mires a tu alrededor y que cuentes con los dedos el número de personas con tus mismos ideales. Lo sé. Te sobran dedos. Y eso si es que has tenido la fortuna de poder bajar alguno.

¿Cuál es la causa de esta desafección? Sin duda es una suma de muchas cosas: pereza (ese pecado capital tan atemporal), desencanto con los agentes sociales tradicionales, miedo a las posibles consecuencias… pero creo que hay un motivo que sobresale del resto: la pérdida de la conciencia de clase. Y es que hay que reconocer que lo han conseguido. Nos tienen tal y como querían: anestesiados, estresados y confusos. No somos capaces de unirnos, porque desconocemos que nos une; en cambio, cuando tenemos el valor para denunciar una injusticia lo hacemos individualmente y a puerta cerrada. Y solo si nos afecta a nosotros directamente, claro. Nos avergüenzan las expresiones “pueblo obrero” y “clase baja”; no sabemos qué somos, pero desde luego somos algo muy distinto a esos calificativos. Nos han logrado inocular la idea de que estábamos mejor que la media al mismo tiempo que destruían todo aquello que hacía que la media fuese mínimamente habitable.

Queda mucho por hacer por parte de sindicatos como el nuestro para recuperar el crédito perdido; no reconocer los errores cometidos en los últimos años no sería sino otro error más que añadir al saco. No obstante, también es de recibo que individualmente reflexionemos hasta qué punto no ha sido el propio sistema neoliberal el que nos ha empujado a que buena parte de los ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, dejemos de ver las manifestaciones, las concentraciones y las huelgas —salvando la honrosa excepción de las del 8 de marzo— como instrumentos útiles para el progreso colectivo. Quizá si somos capaces de recordar en qué lado del tablero nos encontramos podamos reconducir la situación y volvamos a concebir la solidaridad entre iguales como la mejor herramienta para el cambio.